El caballero de la luna.

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Te sientes encerrado y corres. Sales de casa dejando la puerta abierta. Huyes. Huyes de todo y de nada. Huyes de los problemas. Huyes de tus padres, de tu habitación, de esas cuatro paredes que te han retenido años. Huyes de ti mismo. Huyes para encontrarte, y para encontrarla. Y sigues corriendo. Corres hacia cualquier sitio, no importa hasta dónde llegues, porque necesitas hacerlo. Por fin te detienes en un parque oscuro y solitario. Te sientas en el césped. Alzas la vista al cielo, pero ahí no está lo que buscas. Hoy se ha escondido, no la ves. Pero no importa, puedes encontrarla. Te levantas y vuelves a correr. Esta vez en dirección contraria. Pasas por delante de tu casa, pero te da igual. Sigues corriendo, como si no importara nada más. Y la ves. Una luz que se alza en el infinito. Una luz dispersa por culpa de las nubes que la custodian, pero es demasiado potente. No es nítida, pero sabes perfectamente que está ahí, tu ansiada luna. Te paras y la miras, paciente. Sabes que volverás a verla, que ese manto oscuro no la retendrá siempre. Y así es. Poco a poco la vas apreciando. Más y más. Pero ocurre lo inevitable, comienza a llover. Aún así, no te importa. Te quedas plantado en el sitio, observando la belleza de tu tesoro. Ahora todo es perfecto, un momento mágico. No hay dudas, no piensas en tus problemas. Sólo miras y disfrutas. Las nubes la ocultan de nuevo, y tú sigues ahí, con la mente en blanco. Su resplandor es tal que te ha dejado hipnotizado, hasta que las tinieblas la esconden por completo. Sonríes y te das la vuelta satisfecho, porque has conseguido lo que querías. Entras en tu casa y vuelves a encerrarte en esas cuatro paredes opresoras, pero ya no es lo mismo, porque ahora te sientes más feliz. Nunca olvidarás esa sensación de libertad, ni esa felicidad que algo tan simple como la luna te ha otorgado. Ya sabes que tienes algo a lo que aferrarte. Aún así, te sientas ante el ordenador y escribes todo, palabra por palabra. Y empiezas: “Te sientes encerrado y corres…”

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