Hálitos de vida.

Te falta la respiración. Notas que el poco oxígeno que te queda va desapareciendo. Abres los ojos, tanto, que parece que se vayan a salir de sus órbitas. Frunces el ceño, no sabes qué pasa. Se escapan lágrimas de dolor, de sufrimiento. Te retuerces en el sitio, intentando deshacerte de las manos que oprimen tu cuello, pero no sirve de nada. Abres la boca e intentas respirar. Tampoco sirve. La persona que tienes enfrente se va volviendo borrosa, pero te das cuenta de que sonríe. El muy cabrón está feliz. Quieres moverte, pegarle una patada y huir, pero te está quitando todas las fuerzas. Sabes que vas a morir. Esa idea te atraviesa el alma como un puñal, pero es la realidad. Te quedan pocos segundos de vida. Y lloras, lloras más que antes. Ya no te duele la presión de sus dedos, ni la falta de aire. Te duele pensar que se ha acabado todo, que después de eso no hay nada. A tu mente llegan recuerdos felices, como cuando conociste a esas personas tan especiales que han cambiado tu vida, o cuando hablabas por teléfono horas y horas con alguna de ellas sin parar de reír. Ahora piensas que no volverás a verlas, que no volverás a estar en sus vidas para aconserjarles nada, que no volverás a estar entre sus brazos, que ya no existirás. Piensas en qué harán cuando se enteren, ¿llorarán tu pérdida? ¿Se plantearán todo eso que has pensado? No quieres que lloren, ni que se echen las culpas de nada, quieres que recuerden los buenos momentos contigo, que sean felices, siempre. Pero sabes que no va a ser así.
Vas perdiendo la consciencia, ya no logras razonar con claridad. Y antes de dormir eternamente, sonríes, agradeciéndole a tu familia esa oportunidad de vivir y agradeciéndole a tus amigos esos años de risas que tan feliz te han hecho.
Cierras los ojos. Dejas correr la última lágrima. Y, finalmente, mueres.

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