Vacío. No hay nada, no siente nada. Necesita seguir viviendo, y no sabe
cómo. No puede moverse, o no quiere. Tiembla, le dan espasmos, parpadea.
Su mente no acepta la información, cree que algo así no es real, que no
puede serlo. Pero lo es. Permanece callada, frente el cuerpo inerte de
su amigo. Ya se ha derrumbado en el suelo, ya no puede caer más, pero su
alma, su vida, está en continua decadencia. Él yace tumbado en un
charco de sangre. Ella se pregunta qué ha hecho, cómo ha pasado. Le da
miedo comprobarlo, y no lo hace. La situación es insostenible, no puede
consigo misma, no se siente bien ahí. Ni si quiera ha llorado, mantiene
la boca abierta, solloza, pero ni una sola lágrima. Un sentimiento de
asfixia inunda su cuerpo, no puede retenerlo más. Débiles gotas de agua
salada corren por sus mejillas, debaten cual de ellas llegará antes al
final del rostro. Cuando se encuentran con su mentón, saltan al vacío de
sus piernas. Una tras otra, las lágrimas van marcando su recorrido,
pero todas van a parar al mismo lugar. No pregunta por qué, ya lo sabe,
lo sabe desde hace meses. Todos decían que no lo haría, y ahora está
delante de su cadáver. La soledad se apodera de ella, unas ganas
irrefrenables de seguirle a la tumba. No era su amado, pero sí su amigo,
alguien treméndamente importante en su vida. Ella quiere hacerlo,
quiere ver su propia sangre correr, quiere un dolor físico, quiere morir
también. Sólo tiene un problema, el miedo no la deja moverse. Por una
vez en la vida, se enfrenta a ese sentimiento, se levanta y busca un
cuchillo, unas tijeras o un simple cristal roto, pero no hay nada. No
puede bajar a la cocina y anunciar que había muerto, que, tal y como
prometió, ha desaparecido de este mundo. Desespera. Llora, más aún.
Vuelve al suelo y le abraza. Mancha su ropa de un color escarlata y
allí, clavado en su pecho, encuentra un cristal, algo tan simple como
eso. Con las prisas, no lo había notado antes, pero ahí está, hincado
con fuerza bajo las costillas. Piensa en cuánto debió sufrir, física y
mentalmente. No es capaz de tocar el arma, le da miedo. Sale corriendo
de allí, como siempre, huyendo. Y antes de eso, manchada de sangre hasta
la barbilla, se planta frente sus padres y grita:
- ÉL NO SE HA MATADO PORQUE QUERÍA, HABÉIS SIDO VOSOTROS, EL RESTO DEL
MUNDO, EL QUE LO HA HECHO, LE HABÉIS QUITADO SU FUTURO CON VUESTRA FORMA
DE COMPORTAROS CON ÉL, CON VUESTRAS BURLAS. Habéis perdido un hijo por
imbéciles.
Llorando, sale por la puerta. Y nunca más sabrán de ella.
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